Dolor de espalda
Por qué sentimos dolor: qué es, de qué tipos es y por qué no siempre significa daño
Damos por hecho que si algo duele es porque algo se ha roto. Casi nunca es tan sencillo, y entenderlo cambia por completo cómo se trata un dolor que lleva meses ahí.
Escrito por Roger Pont Bosch · fisioterapeuta colegiado Nº 15266 · tiempo de lector: 9 minutos ·
Es la pregunta que más veces se queda sin responder en una consulta. La persona sale con un diagnóstico, con unos ejercicios y a veces con una receta, pero nadie le ha explicado lo más básico: qué es eso que siente y por qué su cuerpo ha decidido producirlo.
Merece la pena dedicarle diez minutos, porque de todo lo que hacemos en consulta, explicar bien el dolor es lo que más veces ha cambiado el pronóstico de alguien.
El dolor no se mide en la zona que duele
La idea intuitiva es que en el tejido hay unos sensores de dolor, que se activan cuando algo se daña y que mandan la señal al cerebro. La primera parte es casi cierta; la segunda es donde se rompe el esquema.
Lo que hay en los tejidos son nociceptores: terminaciones que detectan estímulos potencialmente peligrosos —presión excesiva, temperatura extrema, sustancias inflamatorias—. Esa información sube por la médula hasta el cerebro. Pero lo que sube no es dolor todavía: es información sobre una amenaza posible.
El dolor aparece después, cuando el sistema nervioso valora esa información junto con todo lo demás que sabe: dónde estás, qué estabas haciendo, qué te pasó la última vez, qué te han dicho que tienes, cuánto has dormido, cuánto miedo tienes a moverte. El resultado de esa valoración es lo que sientes.
El dolor no es un mensaje que llega desde el tejido. Es una decisión que toma el sistema nervioso sobre si conviene protegerte y cuánto.
Los ejemplos que rompen la lógica del daño
Hay dos situaciones cotidianas que enseñan esto mejor que cualquier explicación teórica.
La primera: un corte pequeño en un dedo puede doler bastante durante días, mientras que un futbolista termina un partido con una fractura y no se entera hasta que se enfría. Mismo cuerpo, mismas terminaciones nerviosas, respuestas opuestas. El contexto cambió la valoración.
La segunda: cuando se hacen resonancias a personas sin ningún dolor de espalda, aparecen hallazgos discales en una proporción muy alta, y esa proporción sube con la edad. Protrusiones, degeneración, abombamientos. Columnas con imagen "mala" que no duelen nada, y espaldas que duelen muchísimo con una resonancia impecable.
La conclusión práctica no es que el dolor sea imaginario —no lo es, es tan real como cualquier otra cosa que sientas—, sino que la intensidad del dolor no es una medida fiable de cuánto daño hay. Y por tanto no puede ser lo único que dirija el tratamiento.
Los tres tipos de dolor que distinguimos en consulta
Esta clasificación no es académica: cambia el tratamiento por completo.
- Dolor nociceptivo. Hay un tejido irritado o dañado que está generando la señal. Un esguince, una tendinopatía, una contractura reciente. Duele en un sitio identificable, empeora con determinados movimientos y mejora con reposo relativo. Es el más previsible y el que mejor responde a un tratamiento clásico.
- Dolor neuropático. El problema está en el propio nervio: comprimido, irritado o dañado. Se describe distinto —quemazón, descarga, hormigueo, adormecimiento— y sigue el recorrido de un nervio concreto. La ciática es el ejemplo que todo el mundo conoce.
- Dolor nociplástico. El tejido ya no explica lo que se siente. El sistema nervioso se ha vuelto más sensible y responde con dolor a estímulos que antes no lo producían. Es el dolor que se extiende, que cambia de sitio, que aparece sin motivo claro y que lleva mucho tiempo instalado. Aquí insistir con tratamientos locales suele ser perder el tiempo.
En la vida real se mezclan. Una lumbalgia de tres años puede empezar siendo nociceptiva y acabar teniendo un componente nociplástico importante. Por eso el tratamiento de un dolor de tres meses y el de uno de tres años no se parecen, aunque la persona señale el mismo punto de la espalda.
Por qué un dolor se queda
Un dolor agudo tiene sentido biológico: te protege mientras el tejido se repara. El problema es cuando el tejido ya se ha reparado y la alarma sigue sonando.
Eso ocurre porque el sistema aprende. Si durante meses cada vez que te agachas duele, tu sistema nervioso empieza a anticipar: activa la protección antes de que llegue el estímulo. Se llama sensibilización, y explica por qué mucha gente con dolor persistente se pone rígida solo con pensar en el movimiento.
A eso se suman factores que casi nadie relaciona con la espalda pero que son determinantes:
- Dormir mal. La privación de sueño baja el umbral de dolor de forma medible en pocos días.
- El miedo al movimiento. Evitar lo que duele funciona una semana; a los seis meses ha debilitado justo lo que necesitabas fuerte.
- Un diagnóstico mal explicado. "Tienes la columna desgastada" es una frase que hace daño durante años.
- Estrés sostenido. No porque el dolor sea "de los nervios", sino porque el sistema que valora amenazas ya está trabajando a tope.
Qué hacemos con esto en la práctica
Lo primero, clasificar bien. En la valoración no solo miramos qué se mueve y qué no: preguntamos cómo duele, cuándo, cuánto tiempo lleva, qué lo enciende y qué lo apaga. Un dolor que quema y baja por la pierna no se trata igual que uno que aprieta al final del día.
Lo segundo, explicar. Cuando alguien entiende que su resonancia no es una sentencia y que el dolor no equivale a daño, se mueve distinto en la primera semana. No es motivación: es que su sistema nervioso ha recibido información nueva y ha bajado el nivel de alerta.
Lo tercero, exponer al movimiento de forma dosificada. La receta general del dolor persistente no es reposo ni es apretar: es carga progresiva, en la dirección que el cuerpo tolera, subiendo poco a poco hasta que lo que antes disparaba la alarma deja de hacerlo.
Lo que conviene sacar de aquí
Que duela mucho no significa que estés muy roto. Que la resonancia enseñe algo no significa que ese algo sea lo que te duele. Y que lleves años así no significa que no haya recorrido: el sistema que aprendió a protegerte de más también puede desaprenderlo.
Lo que no funciona es esperar a que se pase solo mientras se va reduciendo lo que haces. Ese camino tiene una dirección conocida y no es buena.
Por qué en SOMA empezamos por la columna
Si el dolor es una decisión de protección y no un parte de daños, la valoración tiene que mirar el sistema entero, no solo el punto que duele. Por eso empezamos por la columna: es el eje que conecta el movimiento de todo el cuerpo y el sitio donde antes se ve si algo se está protegiendo de más.
Eso no significa que la columna sea la causa de tu dolor. Muchas veces no lo es. Significa que es el mejor punto de partida para entender cómo repartes la carga, qué te has dejado de mover y dónde el sistema ha decidido levantar la guardia.
Preguntas frecuentes
¿Si me duele mucho es que tengo algo grave?
No necesariamente. La intensidad del dolor depende de cuánta protección considere necesaria tu sistema nervioso, y eso incluye el contexto, el descanso, el miedo y la experiencia previa, no solo el estado del tejido. Los signos que sí obligan a consultar con un médico son otros: pérdida de fuerza progresiva, fiebre, pérdida de peso o alteración de esfínteres.
¿El dolor crónico está en la cabeza?
Todo el dolor se produce en el sistema nervioso, también el de un corte en el dedo. Eso no lo hace imaginario: es tan real como cualquier otra sensación. Lo que cambia en el dolor persistente es que el sistema se ha vuelto más sensible, y eso se trabaja con movimiento y con información, no ignorándolo.
¿Cuánto tarda en irse un dolor persistente?
Depende sobre todo del tiempo que lleve instalado y de cuánta actividad se haya perdido por el camino. Lo habitual es notar cambios en las primeras semanas y medir la consolidación en meses. En la primera visita damos plazos para tu caso, no una media.
¿Tomar analgésicos retrasa la recuperación?
No, si sirven para que puedas moverte. La medicación es una herramienta para abrir una ventana de actividad, y esa pauta la lleva tu médico. Lo que sí frena la recuperación es usarla para seguir haciendo exactamente lo que provocó el problema, sin cambiar nada más.
El siguiente paso
Si llevas meses con un dolor que nadie te ha explicado bien, la primera visita empieza justo por ahí: entender qué te pasa antes de tratarlo.
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Si esto te está pasando
Leer ayuda a entender lo que te pasa. Lo que decide el tratamiento es una exploración: qué tolera hoy tu cuerpo y por dónde se puede progresar.
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Este artículo es divulgativo y no sustituye una valoración profesional individualizada. Si tienes dolor, el siguiente paso es una valoración real.